Cómo ver el éxito ajeno sin sentir envidia
La trampa de la comparación
12/11/20252 min read
Cuando nuestra vida privada se hizo pública en redes sociales, se abrió un universo paralelo. De repente, la gente común (nosotros) empezó a sentirse como celebridades: publicamos nuestras mejores fotos en Instagram, cuidamos los ángulos, el filtro, el aesthetic. Mientras tanto, los artistas parecían más “normales” al compartir su día a día. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a verlos como vecinos del frente.
Pero tanta apertura nos puso en un mismo terreno: ahora ya no solo nos comparamos con los amigos de la escuela o los vecinos… sino con personas de cualquier parte del mundo. Y ese acceso ilimitado juega a favor y en contra.
Lo bueno es que conocer tantas formas de vida nos permite cuestionar el guion que nos habíamos trazado. Podemos descubrir caminos que antes ni imaginábamos, simplemente porque no sabíamos que existían.
Lo malo es que esa variedad también alimenta la comparación. Puede que aparezca la envidia —porque no tenemos lo que otros tienen— o la ansiedad —porque no sabemos si nuestro futuro se verá “tan bien” como el de nuestros contactos en redes—.
Ambas emociones, envidia y ansiedad, son parte del paquete emocional que Dios nos dio. No son malas en sí mismas; solo son mensajeras que nos traen una información que debemos aprender a interpretar y gestionar.
Si hoy estás en ese lado incómodo de la comparación, quiero proponerte algo sencillo (y a la vez profundo) para reducir la envidia: empieza a ver el éxito ajeno como si fuera una persona.
Sí, imagina que el éxito de los demás es un ser humano de carne y hueso. Pregúntate: ¿Cómo es mi relación con esa persona? ¿Me cae bien? ¿Me inspira o me intimida?
En redes sociales, la comparación es inevitable: en lo físico, lo económico, lo profesional, lo espiritual… y la sobreexposición hace que parezca que todos van más adelantados que nosotros. Pero el éxito no es una carrera de 100 metros; es un viaje personal.
Así como hemos aprendido a aceptar nuestras particularidades físicas y de personalidad, podemos aprender a aceptar que el éxito se ve distinto para cada quien. Lo que para mí es éxito, quizá para ti no lo sea. Y está bien. Tu éxito y el mío pueden ser amigos. No necesitamos competir; todos cabemos en este mundo y en estas redes.
Empieza hoy: dale la mano al éxito ajeno… y verás cómo el tuyo florece.
Liliana Henríquez
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