Cuando el amor se vuelve un reto

Amar no es convencer, es coincidir

2/12/20262 min read

two person holding papercut heart
two person holding papercut heart

En muchos países, febrero es el mes de los enamorados.
¿Qué te parece si hablamos del amor?

Empiezo con una pregunta sencilla, pero profunda:
¿Cuál es tu idea del amor?

Si lo miras tipo novela, quizás lo concibas como un reto. Algo por lo que hay que luchar, esforzarse y casi sufrir para lograr. Y sí, amar a alguien implica un esfuerzo consciente: elegir estar, cuidar, construir día a día una relación. Pero una cosa es el esfuerzo sano que requiere una construcción compartida, y otra muy distinta es el esfuerzo sobrehumano que muchas personas hacen para ganarse el amor del otro.

Por fuera, las acciones pueden parecer similares.
Por dentro, las motivaciones son radicalmente diferentes.

Si te mueve la elección que hiciste al inicio de la relación —construir un futuro con esa persona— y esa decisión fue mutua, ¡genial! Entonces tus acciones nacen desde una base clara:
“Yo te amo, y porque te amo hago esto por ti”.

Todo lo que haces, lo haces desde el amor… no para que te elijan, porque en teoría, ya te eligieron. ¿Cierto?

Pero cuando amas a alguien que no te corresponde de la misma manera, ojalá puedas leer eso como una señal clara de que allí no es. El problema aparece cuando ese rechazo se convierte en un reto y decides quedarte, no por amor, sino por la necesidad de demostrar que eres suficiente.

En ese punto, tus acciones ya no están motivadas por el amor, sino por la ansiedad de buscar conexión, validación y seguridad emocional.

Por ahí escuché una frase que me parece muy acertada:
el rechazo es información, solo eso.

Que alguien te diga NO —con palabras o con hechos— no ataca tu identidad ni tu valor. Solo te informa que esa persona no está interesada en tu propuesta. Nada más. No hay nada que sobre analizar ni interpretar de más.

Como adultos, deberíamos tener la capacidad de decir NO cuando así lo sentimos y también de aceptar el NO del otro, sin insistencias intensas ni juegos emocionales.

Entonces vale la pena preguntarnos:
¿Desde cuándo el amor se volvió algo que hay que ganarse?

Eso no pasa ni con Dios.
Lo amamos a Él porque Él nos amó primero. (1 Jn. 4:19)

El amor se da.
El amor se construye.
Pero no se gana.

La confianza sí se gana, con hechos claros y consistentes. Pero ese ya es otro tema.

El amor no llega cuando “te portas bien”, cuando “aguantas más” o cuando “haces más”. El amor llega cuando dos personas se comprometen, de manera consciente, a construir una relación. La elección es mutua, no unilateral.

Cada quien hace su parte y se responsabiliza de lo que le corresponde, para que la relación tenga bases sólidas.

Si hoy estás enganchado o enganchada emocionalmente a alguien que te tiene en “espera”, no sabe lo que quiere y te da migajas de amor, recuerda esto:
no necesitas que alguien te elija para ser valioso(a).

Ya lo eres.

Valórate lo suficiente como para tomar decisiones coherentes con lo que de verdad quieres para tu vida. Y si esa persona no te ama, al menos ámate tú.

A veces, el mayor acto de amor propio no es quedarse… es poner límites.

Liliana Henríquez