El crecimiento no se apura

El proceso es inevitable

3/5/20262 min read

A potted plant with purple flowers hanging from a brick wall
A potted plant with purple flowers hanging from a brick wall

Había una vez un señor que tenía muchas semillas de flores. Un día se le ocurrió una gran idea:
Voy a hacer un jardín con una gran variedad de flores.

Así que plantó todas las semillas, las regó con constancia, les dio el cuidado necesario… y al poco tiempo comenzaron a aparecer los primeros retoños.
Sin embargo, notó que una semilla en particular no había brotado. Seguía exactamente igual.

Entonces decidió hablar con ella (porque sí, en este cuento, las semillas pueden hablar).

—Oye —le dijo—, ¿por qué tú no has brotado ni un poquito como las demás?

La semilla terca respondió:
—Porque para crecer y florecer tendría que cambiar de forma, y me niego a eso. Quiero seguir siendo así, bonita y redondita.

El señor la miró con paciencia y le dijo:
—Pero ese no es tu propósito. No fuiste creada para quedarte semilla, sino para convertirte en planta… y luego en flor.

—Lo entiendo —respondió la semilla—, pero también he escuchado que para crecer hay que someterse a un proceso largo, y yo soy ansiosa. No tengo paciencia para eso.

El señor suspiró y le dijo con calma:
—Es cierto. Pero te diré algo: al final, todos terminamos sometiéndonos a un proceso. O al proceso de la vida… o al proceso de la muerte. Porque aquello que no crece, poco a poco se va muriendo.

Ya podrás imaginar cómo termina la historia.

Cuando hablamos de crecimiento, necesitamos recordar algo fundamental: el proceso no es negociable. No podemos saltárnoslo, porque es justamente ahí donde se forman las raíces que luego nos permitirán sostener lo que tanto deseamos.

Cuando el crecimiento ocurre de forma repentina, sin preparación interna, no desarrollamos las habilidades, la madurez ni la capacidad emocional necesarias para sostener los frutos. Es como un árbol con raíces pequeñas: puede crecer rápido, pero tarde o temprano se caerá por el peso.

El crecimiento —en cualquier área de la vida— demanda más energía, más responsabilidad, más capacidad emocional, más conciencia, más todo.
Por eso, si pasáramos de preescolar a la universidad de un solo salto, quedarían demasiados vacíos. El miedo y el estrés nos paralizarían.

Si no lo crees, observa lo que ocurre con muchos artistas que se hacen famosos de un día para otro. Con el tiempo, algunos terminan atrapados en adicciones, buscando desesperadamente una forma de calmar un sistema nervioso que no estaba preparado para tanta exposición, presión y demanda.

Crecer es bueno. Desear más también.
Pero crecer sano implica respetar el ritmo.

Un ritmo que le permita a tu mente, a tu cuerpo y a tu corazón adaptarse a cada nueva etapa, sin colapsar.

Eso sí, hay algo que no podemos olvidar: así como la semilla, debemos estar dispuestos a cambiar de forma. Cada nuevo nivel exige soltar versiones anteriores de nosotros mismos. El crecimiento es parte natural de la vida, y negarnos a él es, poco a poco, empezar a apagarnos.

No apures tu crecimiento.
Pero tampoco lo frenes.

Confía en el proceso. Ahí se forma el carácter que sostendrá todo lo que estás pidiendo.

Liliana Henríquez