El dolor que no se ora, se repite
Si te callas no te transformas
5/21/20263 min read
Repetir un grado escolar debe ser una experiencia nada placentera para quien lo vive. Es como sentir –supongo yo– que todos avanzan, que todos llegan a la meta… y a uno lo devuelven al punto de partida. No he vivido esa experiencia en el campo académico, pero sí a nivel emocional, y me atrevería a decir que a todos nos ha pasado.
Es esa sensación frustrante de mirarse y pensar: “¿Cómo es posible que esté otra vez aquí?”. Otra vez en la misma herida, en el mismo tipo de relación, reaccionando igual, sintiendo igual, doliendo igual. Como si el tiempo hubiera pasado, pero uno no.
Y es que por ahí dicen que “el tiempo lo cura todo”, pero no es así. El tiempo, por sí mismo, no cura nada (a menos que sea una cortada sencilla en un dedo, pero a nivel emocional profundo, no). Lo que realmente sana es lo que se hace con eso que duele durante ese tiempo.
Los dolores del alma no desaparecen solos, necesitan ser atendidos. Y para eso, hay tres etapas básicas:
Deben ser reconocidos. Aunque suene obvio, no lo es. Muchas personas solo saben que “están mal”, pero no logran identificar exactamente qué les pasa. Pueden sentirse ansiosas, irritables o tristes, pero no encuentran las palabras para describirlo. Y lo que no se nombra, no se puede trabajar. Por eso es tan importante tener vocabulario emocional.
Deben ser expresados. Una vez que se identifica lo que ocurre, es necesario sacarlo de adentro, decirlo, hablarlo. Los seres humanos necesitamos escucharnos para poder entendernos, y guardar el dolor no lo resuelve, lo acumula. Aquí hay algo clave: no fuimos diseñados para sanar en soledad. Es necesario expresar lo que se siente con alguien fuera de uno mismo, ya sean amigos, familiares, terapeutas… pero también con Dios.
Deben ser procesados. Cuando hay claridad y expresión, comienza el verdadero proceso de sanación. No es automático ni inmediato, pero sí transformador. Sin proceso no hay cambio, y sin cambio el dolor se repite. Aquí es donde el tiempo cobra sentido, no como el que sana, sino como el espacio en el que se puede hacer algo diferente con lo que se siente.
Hay alguien que conoce a cada persona más que nadie en el mundo, incluso más que uno mismo: Dios. Puedes comenzar por ahí, contándole lo que te pasa tal como te sale, sin filtros, sin palabras “bonitas”, sin necesidad de aparentar fortaleza. Puede darte pena o vergüenza hablarlo con alguien más, pero con Dios no hay pérdida. Él es un lugar seguro, un refugio real. Solo hace falta ser completamente vulnerable, reconocer el dolor y permitirle entrar en esa parte de la historia que has estado cargando en silencio.
Y si luego decides dar un paso más en el proceso de sanación, es importante compartir las cargas con alguien de confianza, alguien que escuche sin juzgar, que no minimice lo que sientes y que pueda acompañarte de manera genuina. Porque aunque Dios sana, muchas veces lo hace a través de personas. Los seres humanos necesitamos a nuestro Creador y también a otros seres humanos; necesitamos sentirnos vistos, escuchados y comprendidos. No fuimos diseñados para vivir aislados, porque la mirada del otro también ayuda a ordenar lo que llevamos dentro.
Reconocer, expresar y procesar los dolores permite que no se repitan, que no sea necesario volver una y otra vez al mismo punto emocional, ni sentir que estamos cursando el mismo “grado” en distintas etapas de la vida. El dolor que no se habla se acumula, y el dolor que no se procesa se repite.
Habla, ora, confiesa tu dolor.
Liliana Henríquez
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