No tengo ganas, tengo hábitos
Cómo dejar de depender de la motivación
3/12/20262 min read
Como ya lo habrás notado por experiencia propia, la motivación es un invitado inestable. A veces llega, a veces no. Así que depender de ella para hacer las cosas es un problema.
Si queremos crecer y avanzar en la vida, necesitamos otras fuentes de combustible, porque la motivación no puede ser nuestra única opción.
Claro, es genial hacer las cosas motivados, entusiasmados, con ganas… pero la realidad es que eso no siempre pasa.
La motivación suele aparecer al comienzo: del proyecto, del semestre, de la relación, del evento que estás planeando. Luego se esfuma… y lo que queda es la disciplina.
Y aquí entran en escena los verdaderos protagonistas de la película: los hábitos.
Dicho en palabras simples, los hábitos son esas acciones que has repetido tantas veces que ya te salen en automático. Y esas acciones pueden jugar a tu favor o en tu contra.
Por ejemplo: si tienes el hábito de fumar diariamente, a largo plazo estás deteriorando tu salud. Pero si tienes el hábito de hacer ejercicio, estás construyendo la masa muscular que te va a sostener cuando seas (más) mayor.
Simple.
Alguien una vez me dijo: “Se ve que tú siempre tienes ganas de cumplir con tus cosas” (se refería a estudiar y trabajar).
Yo le respondí: “Te equivocas. Aunque me gusta lo que hago, no siempre tengo ganas. Pero sí tengo hábitos, y ellos trabajan por mí.”
Con el tiempo, he desarrollado un sistema de organización funcional para mí.
Un sistema es un conjunto de hábitos que te permite vivir en piloto automático y, aun así, obtener los resultados favorables que deseas.
Por ejemplo: despertarte, bañarte, desayunar y hacer ejercicio antes de ir a trabajar es un sistema. Al repetir ese mismo orden todos los días laborales, tu mente entra en piloto automático. Y al mismo tiempo, ese sistema asegura tu autocuidado antes de empezar la jornada.
¿Se entiende? Espero que sí.
Quiero animarte a crear tus propios sistemas, uniendo los hábitos que sabes que necesitas para obtener el resultado que deseas.
No lo hagas para “hacer más cosas” (aunque ese es un beneficio real), sino como una muestra de amor propio.
Cuando usas el funcionamiento de tu cerebro a tu favor para crear un sistema de hábitos, te estás cuidando, te estás amando.
Al cerebro le gusta ahorrar energía, por eso repite una y otra vez las conductas que ya le has enseñado. Pero te toca a ti decidir qué comportamientos le vas a enseñar.
No le enseñes a destruirte. Enséñale a construirte.
Hábitos destructivos: cualquier tipo de vicio, trasnochar constantemente, consumo excesivo de redes sociales.
Hábitos constructivos: journaling, rutina de ejercicio, leer, ir a la iglesia.
El abanico de opciones es amplio. Elige los hábitos que te convienen y que necesitas para cultivar tu bienestar emocional, y así dejar de depender de la motivación para hacer las cosas.
Otro beneficio de los sistemas de hábitos es que reducen el caos interno. Hay previsibilidad, y al cerebro le gusta lo previsible y lo conocido.
Y donde no hay caos, hay serenidad y orden.
Un sistema de hábitos bien construido te cuida incluso cuando tú no puedes.
Crea el tuyo.
Liliana Henríquez
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