81 - Lo que duele es lo que importa
Cuando toca aceptar que no era como lo habías imaginado
8/27/20263 min read
Hoy te quiero hablar sobre las expectativas y sobre lo mucho que duelen cuando se rompen.
Cuando nos enamoramos de una visión de nuestro futuro, llegamos al punto de “casarnos” con esa única posibilidad, al punto de no contemplar que pueda fracasar. En las relaciones o proyectos, de cualquier tipo, no hay garantías. Pero, por alguna razón, a veces asumimos que todo se dará de la forma que esperamos o que todo permanecerá tan bien como lo iniciamos.
Diría que es un pensamiento bastante mágico de nuestra parte, porque la verdad es que las relaciones son dinámicas y cambiantes, pero nos cuesta aceptarlo.
Nadie empieza un negocio para quebrar, ni se casa para divorciarse, ni cultiva una amistad con el fin de terminar distanciándose… Nadie (bueno, eso creo). Nuestra naturaleza humana tiende más al crecimiento, a avanzar, mejorar y construir. Por eso, se siente “antinatural” terminar relaciones que iniciamos de buena fe y con todas las ganas de consolidarlas.
Sin embargo, en el camino pasan cosas. Tomamos nuevos intereses, cambiamos nuestra forma de pensar, tenemos nuevos gustos y redirigimos nuestro enfoque. Y eso hace que, poco a poco, se comience a fracturar esa visión inicial que teníamos de esa relación cuando la iniciamos.
Si te está pasando eso, si te estás dando cuenta de que aunque hiciste todo “bien”, las cosas no salieron como tú esperabas, hoy quiero decirte que es normal que te duela esa pérdida, porque solo aquello que nos importa de verdad nos duele en el alma.
La vida, poco a poco, nos va enseñando que los deseos no son garantías. Podemos desear con todas nuestras fuerzas tener un tipo de relación específica con alguien, hacer todo lo supuestamente correcto y, aun así, eso no garantiza el éxito de la relación o del proyecto. Podemos tener buenas intenciones, esforzarnos, cuidar lo que tenemos y aun así encontrarnos con un desenlace que nunca habíamos contemplado.
Hay cosas que no están bajo nuestro control que igualmente nos terminan afectando y que duelen mucho. ¿O acaso crees que las personas que perdieron sus casas y seres queridos en los terremotos recientes contemplaron esa posibilidad en algún momento de sus vidas? Dudo mucho que conscientemente nos sentemos a pensar en esas posibilidades catastróficas que existen, pero que, en los momentos de bonanza, vemos tan lejanas. Nadie las contempla, pero existen. Y, lastimosamente, las hemos visto este año.
Duele ver las imágenes de los edificios derrumbados y conocer las cifras de los fallecidos. Duele porque nos importa. Nos importa nuestra gente, nuestros países. Y creo que eso también nos recuerda algo que muchas veces olvidamos: que el dolor no aparece porque seamos débiles, sino porque aquello que perdimos tenía valor para nosotros.
No pretendo ser insensible al dolor de la pérdida. Todo lo contrario. Quiero decirte que, sea cual sea la pérdida que estés pasando hoy, date el permiso de llorar tu dolor. Si terminó un matrimonio que imaginabas para toda la vida, si un proyecto por el que trabajaste tanto no funcionó, si una relación tomó un rumbo que nunca esperaste o si simplemente la vida no se parece a la que habías imaginado, tienes derecho a reconocer que eso duele.
Porque lo que duele es lo que importa.
Pero después de llorar viene otra etapa: la de la reconstrucción y el redireccionamiento. Ahora que el matrimonio se terminó, que el proyecto no funcionó o que las cosas no se dieron como esperabas, puedes comenzar a preguntarte: ¿Qué más sigue siendo posible para mí hoy?
Esta pregunta no pretende borrar lo que pasó ni obligarte a encontrar rápidamente “el lado positivo” de una pérdida. Se trata de empezar a mirar nuevamente hacia adelante. El ser humano no puede vivir sin sentido ni sin esperanza, y necesitamos recobrar ambas cosas después de una expectativa rota.
Quizás no puedas volver a la vida que imaginabas, pero eso no significa que no puedas construir una vida que tenga sentido. Quizás el futuro que esperabas no sea el que vas a vivir, pero todavía existen posibilidades que hoy no puedes ver.
La vida no nos ofrece garantías. Y quizás una parte de madurar emocionalmente consiste precisamente en aprender a esperar sin exigirle a la vida que cumpla exactamente el guion que escribimos.
Así que llora tu dolor, date permiso de reconocer lo que significaba para ti aquello que perdiste y, cuando estés listo/a, levántate, renuévate y recupera la esperanza en un nuevo futuro: incierto, sí, pero también lleno de nuevas posibilidades.
Te deseo todo lo mejor.
Liliana Henríquez
